[Columna] La mejor orquesta de Salón de Té del mundo
#1
Camaradas, el 8 de diciembre es una fecha especial para los que crecimos beatlemaníacos, dado que ese día, con el asesinato de John Lennon, se marca el punto de inflexión en cuanto a la imposibilidad del retorno de una banda clave en el desarrollo del rock en particular y de la música en general, como lo fueron los Beatles.
Los Beatles fueron una banda rockabilly, fueron una boyband, fueron glam, fueron heavy metal también, experimental, rock progresivo y también pop cursi de matiné, o dicho de otra forma, una orquesta de salón de té.

A partir de eso y para que no quede en el olvido tras tantos años, transcribo a modo de homenaje un artículo genial de un entrañable usuario de Nowhereland, un foro dedicado a los "fab four" en el que solía participar.


La mejor orquesta de Salón de Té del mundo

By "Huacala"

Mitificados hasta la saciedad por hordas de fans gritonas de clara vocación talibán, poca gente conoce la verdadera historia de los Beatles, el quinteto de Liverpool que en su día revolucionó la peluquería moderna y la sastrería militar, introduciendo los más bien poco estéticos peinados a la taza y las casacas de color fosforito.

Nuestra historia comienza en Liverpool, por supuesto, el 6 de julio de 1957, en una feria parroquial de Woolton. Allí, entre cánticos a lo "Ven Señor no tardes" o a lo "Alabaré a mi señor", fue donde coincidieron por primera vez John Lennon y Paul McCartney, que desde el principio sintieron que habían nacido el uno para el otro. McCartney de inmediato se sintió deslumbrado por Lennon, más que nada porque estaba borracho como una cuba, y Lennon por McCartney, porque tenía una preciosa bicicleta con marchas. Así que, por supuesto, y con estos mimbres, decidieron que tenían que formar cuanto antes un grupo de rock ciclista-dipsómano. McCartney conocía a un tal George Harrison, un chico con la boca siempre muy apretada y sin tipo de peinado definido, con una estética más bien discutible y un acento fortísimo, que sin embargo contaba con una gran ventaja en la vida: sabía tocar Raunchy. Así que lo invitaron a unirse al grupo, que entonces cambiaba de nombre un par de veces a la semana como mínimo.

Es conocido que años después un cuarto miembro se uniría al grupillo: un tal Richard Starkey, al que propusieron cambiar de nombre y de imagen, para ganar tiempo y ahorrar dinero en gomina, y que desde entonces pasó a llamarse Ringo, para deleite de los perros de medio mundo, que han sido bautizados con ese nombre desde entonces.

Los Beatles del comienzo tenían un manager a un tal Allan Williams- que tan impresionado estaba con su música que los mandó directamente a Hamburgo. Los Beatles aceptaron, creyendo que quedaba entre Manchester y Leeds. Al final resultó que Hamburgo no sólo estaba en Alemania, sino que estaba además pegadito a Dinamarca: pero la cerveza Heineken ni siquiera existía por aquel entonces, y ninguno de los cuatro había leído Hamlet (ni nada, en realidad, aparte de The Sun), por lo que el grupo se hundió en una gran depresión, que llevó a Lennon a leer el periódico en calzoncillos en mitad de la calle, a McCartney a dejar preñadas a un par de hamburguesas (después se haría vegetariano) y a Harrison a ser expulsado directamente del país, dicen las malas lenguas que por recitar un día en voz alta el Bhagavad Ghita en un puticlub siniestro de la Reeperbahn. La gente lo tomó como una grave ofensa y una provocación de aquel puto inglés a un pueblo tan noble y pacífico como el germano.

En aquella época había un quinto beatle (pero no el quinto en quien todos pensáis, éste es otro quinto) llamado Stuart Sutcliffe, que pintaba horriblemente mal, tocaba el bajo aún peor, y además era guapo (un grave problema si lo que quieres es ser miembro de los Beatles). Pero tuvo el detalle de morirse enseguida, con lo que la trayectoria de los Beatles pudo seguir adelante sin problemas.

Fue en octubre de 1961 -ya de vuelta a Liverpool con varios kilos de menos, varios hijos ilegítimos de más y un sexto Beatle, Pete Best, en calidad de transferible-, cuando entró en la vida de los Beatles Brian Epstein, un judío gay que se pirraba por El Mago de Oz (cómo no: siempre Judy Garland!! ABBA aún no existía), y que debió ver en Paul, John, George y Ringo a los nuevos Fab Four: el Hombre de Lata , el León Cobarde, el Espantapájaros y Dorothy (respectivamente).Bajó a un sótano apestoso lleno de estudiantes pedantones aficionados al jazz que se llamaba The Cavern y decidió ipso facto que el grupo era una p#$%@ mier...: no le gustaba su música, ni su peinado, ni su humor, ni sus nombres (especialmente, lo de "Ringo"), pero le encantó la versión mid-slow que hicieron de "Follow the Yellow Brick Road". Así que los fichó enseguida.

El efecto de Epstein sobre los Beatles no tardó en notarse: descubrieron palabras como "secador", "colonia de baño", "desodorante" y "lounge music". Pronto, mandó varias cintas a las principales casas discográficas de Londres. En Decca los rechazaron (más que nada, porque Decca era entonces un sello de música clásica: el pobre Epstein aún estaba un poco verde como manager), pero EMI los fichó, ofreciéndoles un contrato leonino de por vida a cambio de un generoso 10% (a repartir entre los cuatro, el manager, el road manager, el chófer y la chica que se encargaba de zurcirles los calcetines y que después se convertiría en Cilla Black y después volvería a zurcirles los calcetines).

El primer disco lo grabaron en una tarde (se alargó un poco la sesión por culpa de la merienda) y fue un éxito instantáneo, un Nesquick Record en toda regla. Entonces sacaron dos o tres más que cuesta muchísimo trabajo distinguir, y tuvieron todos un éxito fulgurante: era el principio de la Beatlemanía. El truco consistía en mover la cabeza en plan poseso, sonreir todo el rato y agacharse al terminar cada canción sin temor a la ciática: funcionó, y miles de quinceañeras sexualmente reprimidas convirtieron a aquellos cuatro garrulos encantadores en un fenómeno de masas (repásense las letras de "I'll get you" o "She loves you" o "I want to hold your hand" para comprobar lo básicos que eran, aunque ninguna peor que "Thank you girl", verdadera reivindicación de la oligofrenia pop).

Entonces los recibió la Reina (no está muy claro si se fumaron un porro con ella, o fueron ellos solos, o ella sola la que se lo fumó, o qué), y conquistaron América, donde 10.000 fans gritonas los esperaban en el Aeropuerto JF Kennedy para darles una calurosa bienvenida (una lástima que al final aterrizaran en el Aeropuerto de La Guardia). Algo así como 73 millones de personas los vieron cuando salieron por la tele con Ed Sullivan. El mayor éxito de audiencia de la historia de la TV, incluyendo el España-Malta y la muerte de Chanquete.

También fueron los primeros en ofrecer un concierto al aire libre, organizado por el promotor Syd Bernstein (será judío, con ese nombre?) en el Shea Stadium. Bernstein describió el gran concierto como "los 12 minutos más excitantes de mi vida". Aunque tal vez no se refiriera al concierto y a la DellÁte en La Máquina de la Verdad ("vergoña de ti, caro Dado!!").

Pero pronto comenzaron los problemas (ayayay). A Lennon -“otra vez ebrio?- se le ocurrió decir que los Beatles eran más populares que Elvis, y después intentó arreglarlo a su manera diciendo que no había querido decir Elvis, sino Jesucristo. Mucha gente quemó sus álbums (y también mucha gente se quemó los dedos intentando quemar los álbums aunque en realidad, las ventas se dispararon: los yanquis son tan raros que primero compraban los discos y luego los quemaban, y volvían a comprarlos para poder volverlos a quemar). Aparte, en Manila casi los linchan por negarse a ir a un cumpleaños o algo así (una pena que no hubieran grabado Bungalow Bill todavía: a la niña de los Marcos les hubiera encantado esa canción, y tal vez incluso Gaby, Fofó y Miliki hubieran hecho un cover y hubiera sido cara B de La Gallina Turuleca).

A partir de entonces, decidieron que las giras se habían terminado: no más cumpleaños, le dijeron a Epstein que se llevó tal berrinche por la noticia que decidió suicidarse directamente (no se entiende muy bien por qué después grabaron Birthday, si odiaban tanto este tipo de celebraciones, la verdad). Los Beatles se encerraron en el estudio y decidieron volverse intelectuales: Lennon traía letras en las que no se entendía un carajo, McCartney traía canciones con muchos violines y trompetas y clavicordios y arpas y demás, Harrison traía canciones que plagiaba directamente de discos de la India (después desarrollaría más a fondo esta curioso hobby suyo de plagiar a lo loco, con otros grupos, como las Chiffons “She's so fine/My sweet lord- o Spencer Davies Group “Keep on running/What is life-, etc), y Ringo jugaba a las cartas con Mal Evans (tipo de aspecto siniestro donde los haya: yo no dejaría que jugara con mis hijos) o Neil Aspinall (otro gay, éste con pinta de loca envidiosa y malísssima).

A partir de ahí, la cosa se desmadró un poquito: McCartney admitió haber tomado drogas (los otros no hizo falta que lo admitieran: era evidente, dado lo que grababan), después lo dieron por muerto, y la gente empezó a hacer cosas raras como poner los discos al revés (!!) o leer los mensajes secretos de las flores de las portadas de los discos (!!!) o de las matrículas de los coches (!!!!) o así. Varios años después, a alguien le dio por escuchar el Sergeant Pepper's del derecho y se dio cuenta de que el disco no estaba mal del todo, pero eso no fue hasta 1974. Aún hoy continúa la incógnita de si Paul McCartney murió, resucitó, lo clonaron o simplemente fue abducido por el espíritu de Antonio Machín (algunos discos parecen demostrar esta teoría).

El caso es que los cuatro garrulos de Liverpool se convirtieron en unos tipos muy raritos: uno de ellos dejó de lavarse el pelo y se echó una novia japonesa muda pero omnipresente (el primer Tamagotchi de la historia, ciertamente); otro dividía su tiempo sin contradicción aparente- entre los viajes a la India, las carreras de fórmula 1, el cultivo de los gladiolos y proponer un intercambio de parejas a todo el que tuviera el detalle de ir a verle; un tercero estaba muerto pero no paraba de escribir canciones y se echó una novia rara americana con pinta de granjera y cierta aversión por el uso del sujetador; y el cuarto (o quinto) beatle (con éste no se sabe si es cuarto o quinto o sólo pasaba por allí) como tenía tres hijos, le cedió uno en préstamo a un colega, Keith Moon, batería de los Who, que es como hacer tutor a una hija tuya a Antonio Anglés o poco más o menos.

Otras cosas pelín raras que hizo el grupo por aquella época fue vestirse de frac blanco y bajar una escalera con claveles en la solapa, abrir una boutique para luego regalar la ropa, fichar a un teclista negro (y gay, cómo no!!) para convertirse en el quinteto que siempre quisieron ser, o permitir a Ringo incluir algunas de sus canciones en los discos. Una forma de suicidio, como otras (también los Guns N Roses grabaron Use your illusion). También dejaron de dedicarles canciones a las chicas y empezaron a dedicárselas a toda clase de bichos: morsas, mirlos, pulpos, cerditos y hasta una perra bobtail que se iba haciendo pis por los pasillos. Cuando acaba así, mejor dejarlo, no?

Y así llegó despacio pero inexorablemente el final del grupo: Lennon se casó en Gibraltar con su novia japonesa (la primera opción era casarse en La Línea de la Concepción, pero ese día era puente en toda España, como casi siempre), McCartney se compró una granja y se dedicó a fotografiarse con todo tipo de bichejos (lo cual Lennon se tomó muy mal, vaya usted a saber por qué: parece ser que se tomó como una indirecta la foto de McCartney con las gallinas de guinea, o algo), Harrison sacó un disco estupendo con un montón de canciones que tenía desde hacía siglos y que George Martin (el productor del grupo, un tipo estirado que, para qué negarlo, nunca perdonó a Harrison su chistecito inicial sobre la corbata que llevaba el día en que se conocieron) siempre se había negado a grabar, y Ringo se casó con Barbara Bach (lo cual no es moco de pavo: como ocurre casi siempre, el más tonto resulta ser el más listo, y de largo ahí está el narizotas, birlándole la novia a 007.. algo debe tener que los demás no hemos visto).

Treinta años después (eso es currar a destajo) sacaron el Anthology, para demostrar lo amiguitos y lo coleguitas que fueron desde siempre. Lástima que en las 234 horas de la edición completa no paren de tirarse puyitas y de dedicarse lindezas los unos a los otros (se rumorea en internet que hay una versión más larga en la que Paul le explica a George cómo debe tocar Blue Moon of Kentucky, y George le contesta: "Mira, yo toco como tú quieras: y si no quieres no toco. ¡¡Pero a mi 10% de las ventas de los DVD no pienso renunciar, te pongas como te pongas!!").

Aparte, los Beatles dejaron algunos momentos-epílogo gloriosos: Lennon a guantazo limpio con los camareros de un pub de California cuando lo confundieron con Rod Stewart (iba otra vez bebido, y de ahí la confusión), Yoko dando chilliditos en el Fillmore ante la mirada asesina de Frank Zappa (nunca una guitarra estuvo más cerca de estrellarse en su redonda y pequeña cabecita de guisante), Macca recitando los Tres Conehous cada vez que pisa España, Linda haciendo los coros (eso es deconstrucción: toma nota, Derrida) de Hey Jude, George y sus camisas (y sus peinados y bigotes, y sus gafas de sol, y la foto vergonzante de la portada del Somewhere in England), Olivia y Popeye, y por supuesto, Ringo haciendo de cavernícola una vez más. Y esta vez sin batería ni nada.

En fin, los Beatles: la mejor orquesta de salón de té del mundo.
La carga de la prueba recae sobre quien afirma, no sobre quien duda. Los inexistentes son indemostrables. Afirmaciones extraordinarias requieren evidencia extraordinaria. Quien realice afirmaciones susceptibles de ser estudiadas científicamente, deberá ser capaz de soportar que ésta someta a escrutinio sus proclamaciones.

AECH
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