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¿Cómo la pobreza afecta el cerebro infantil?
Autor: Patricio Tapia


[Imagen: Imagen-cerebro-sin-fondo-1.jpg]
Kimberly Noble es una de las investigadoras más destacadas en el estudio de la relación entre desigualdad y el desarrollo cognitivo de los niños. La neurocientífica estadounidense, que acaba de visitar Chile, está revelando los efectos que tiene la inequidad en la anatomía misma de zonas del cerebro infantil que regulan habilidades lingüísticas, de razonamiento y memoria.

“El aprendizaje es el comienzo de la riqueza”, dijo alguna vez el empresario y orador motivacional estadounidense Jim Rohn, seguramente más interesado en la riqueza que en el aprendizaje. Pero, ¿qué ocurre si el proceso en realidad funciona al revés? ¿Si la riqueza es la que moldea de una u otra manera el aprendizaje desde los primeros años de vida? Responder esa interrogante es la misión de Kimberly Noble, neurocientífica de la Universidad de Columbia que se ha convertido en una de las pioneras en el estudio de la relación entre el estatus socioeconómico de las familias y el desarrollo cerebral de los niños. Hasta ahora sus resultados son potentes: vivir en condiciones de pobreza se asocia con diferencias claras en la anatomía de diversas zonas del cerebro de los menores.

Durante las últimas décadas, los colegas y predecesores de la experta estadounidense han observado varias correlaciones entre desigualdad y desarrollo cognitivo infantil. Por ejemplo, escribe la investigadora en un ensayo publicado hace dos años en la revista Scientific American, los infantes que provienen de los segmentos más pobres tienden a rendir menos que sus pares en tests de coeficiente intelectual o de lectura. También son menos propensos a graduarse en la escuela, ir a la universidad u obtener un título profesional. Aunque el desarrollo cerebral es uno de varios elementos que contribuyen a esta compleja dinámica, hasta hace unos años nadie se había preocupado de analizar el impacto real de la desigualdad en la morfología cerebral de los niños y menos de mapear las alteraciones que genera.

Precisamente, ese es el análisis de punta que Noble emprendió en la década del 2000 y que motivó que esta semana fuera invitada por el Columbia Global Center en Chile, el Centro de Estudios Públicos (CEP) y la Universidad Adolfo Ibáñez. La experta dio una conferencia en el CEP, donde detalló los estudios que realiza en el Laboratorio de Neurocognición, Experiencia Temprana y Desarrollo de Columbia. En ese recinto, las paredes tienen colores brillantes, las imágenes de animales abundan e incluso hay una alfombra para jugar que cubre el piso, lo que le da al lugar una apariencia de jardín infantil. Pero detrás de un espejo falso, la investigadora y sus colegas se dedican a observar cómo niños de diversos estratos reaccionan a tests cognitivos. El fin no es sólo delinear los efectos de la desigualdad a nivel cerebral, sino que también analizar si esa información puede servir para diseñar intervenciones que quizás en un futuro cercano ayuden a paliar esas alteraciones.

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FOTO: JOSE LUIS MUÑOZ

– Su campo de estudio ha sido cómo las desigualdades socioeconómicas se relacionan con el cerebro. ¿Cómo se involucró con él?
– Me interesé por primera vez en esta pregunta en la escuela de posgrado en la Universidad de Pennsylvania. Estaba trabajando mi doctorado con Martha Farah, quien hasta ese momento había estudiado aspectos mucho más básicos de la función cerebral. Ella quería dirigir su atención a la “neurociencia del mundo real” y me preguntó si podría ser su primera estudiante graduada en analizar el vínculo entre la pobreza y el desarrollo cerebral de los niños.

-Pero la pobreza es solo una medida del ingreso. Usted utiliza el concepto de “estatus socioeconómico”…
-Así es. No importa únicamente el ingreso, sino que influyen las diferencias en el vecindario, la exposición y estimulación del lenguaje, el estilo de crianza o el estrés familiar. El estatus socioeconómico incluye los ingresos, por supuesto, pero también el nivel educativo de los padres y la percepción subjetiva del estatus social de cada uno. Todos esos elementos pueden asociarse de manera diferente con distintas experiencias.

Radiografía infantil

La senda de investigación de Noble partió con una pregunta: ¿Cómo se relacionan realmente las disparidades socioeconómicas con la mecánica cerebral de los niños? Para encontrar una respuesta, ella y su equipo reclutaron a varias familias de distintos estratos con hijos que cursaban desde kínder hasta educación secundaria. Tras someterlos a diversos tests cognitivos, establecieron que los menores de los segmentos más bajos tenían menor rendimiento en tareas que ponían a prueba su lenguaje, habilidades de memoria y la capacidad para ejercer autocontrol y evitar distracciones. El siguiente paso de Noble, su mentora Martha Farah y colegas de otros centros fue recurrir a la obtención de imágenes de resonancia magnética para analizar qué ocurría tras bambalinas.

Cuatro grupos independientes determinaron, por ejemplo, que los hijos de padres con más ingresos tienden a exhibir un mayor hipocampo, zona ubicada en lo profundo del cerebro y que, según explica la investigadora estadounidense, es clave en la formación de la memoria. Otro análisis efectuado por Farah con 283 imágenes reveló que los menores de familias más humildes eran más propensos a presentar una mayor delgadez en ciertas zonas de la corteza prefrontal, un área del cerebro que se asocia fuertemente con el funcionamiento ejecutivo, es decir, la capacidad de decidir entre ideas conflictivas, trabajar con un objetivo definido o predecir el resultado de ciertas acciones.

Las revelaciones más importantes provendrían del mayor estudio de este tipo realizado hasta hoy y cuya coautora fue Noble. Se publicó en 2015 en Nature Neuroscience y en él se analizó la estructura cerebral de 1.099 niños y adolescentes de diversos tipos de hogares de 10 zonas de Estados Unidos. Los resultados mostraron que los logros académicos y el ingreso familiar se asociaban con diferencias evidentes en la superficie de la corteza cerebral. Según Noble y sus colegas, los menores de familias que ganaban menos de 25.000 dólares al año tenían un seis por ciento menos de área superficial cortical que aquellos cuyos padres ganaban más de 150.000. El efecto se volvía particularmente notorio en las áreas que procesan el lenguaje y gobiernan los controles de impulso.

-Parece un sesgo inaceptable pensar que las personas pobres son más feas o más tontas que las más ricas. Decir que los pobres tienen una especie de “daño cerebral” ¿no es una nueva forma de estigmatizarlos?
-Para ser claros, puedo decir enfáticamente que no apoyamos ninguna sugerencia de daño cerebral. Estamos hablando de diferencias dentro del rango normal. Todos nuestros estudios involucran a niños sanos y con un desarrollo típico. Es importante reconocer que no estamos hablando de diferencias inmutables y permanentes. Creemos que la experiencia conduce a diferencias en el desarrollo del cerebro de los niños y que estas pueden mitigarse con intervenciones, ya sea con base en la escuela, con base en el hogar o con base en las políticas públicas.

-Diciéndolo de otra forma, resulta extraño pensar que los cerebros de los desfavorecidos no sean iguales o no se desarrollen igual que los de quienes han tenido mejor suerte…
-Diría que nuestras experiencias dan forma a cómo nos desarrollamos todos. No es tan simple como dividir a las personas en dos grupos. Nuestras vivencias acumulativas en torno a la adversidad, el privilegio y todo lo que hay entre ambos funcionan juntas para moldear el desarrollo.

Los análisis realizados por el equipo de Noble confirman esa visión. Los resultados muestran que el funcionamiento cerebral en los primeros cuatro días de vida no tiene ninguna relación con el ingreso de los padres o su nivel educativo, lo que refuerza la idea de que las disparidades socioeconómicas en el desarrollo cerebral se ligan más bien con diferencias en las experiencias postnatales de más largo plazo. De hecho, investigaciones de otros grupos sugieren que algunas diferencias estructurales recién se hacen evidentes luego del primer año de vida: “Probablemente exista una combinación de factores, algunos de los cuales son el resultado de diferencias en la experiencia de crecer en entornos socioeconómicos desfavorecidos”, señala la investigadora.

Noble detalla esta dinámica en una columna publicada en The Washington Post y que llevaba por título “Cómo la pobreza afecta el cerebro de los niños”. “El trabajo de científicos sociales como Sendhil Mullainathan, en la Universidad de Harvard, y Eldar Shafir, en Princeton, ha mostrado que la pobreza merma los recursos cognitivos de los padres, reduciendo su capacidad para tomar decisiones diarias sobre el rol que cumplen. Estos padres también enfrentan un riesgo mucho mayor de depresión y ansiedad, fenómeno conocido como el ‘impuesto cerebral’ de la pobreza. Todo esto tiene implicaciones importantes para los niños. Cuando los padres están distraídos o deprimidos, la vida familiar probablemente se caracteriza por conflictos y un retraimiento emocional en lugar de una relación de apoyo y estímulo con los menores. Los padres no les hablan ni les leen y tienen menos contacto visual con ellos. Esta acumulación de estrés en las vidas de los infantes tiene un efecto de cascada en sistemas cerebrales que son críticos para el aprendizaje, la generación de recuerdos y el razonamiento”.

El efecto en la plasticidad

Uno de los estudios más recientes del equipo de Noble se centró en el grosor de la corteza cerebral, estructura clave en la atención, la percepción, el pensamiento y la conciencia. Si bien su grosor tiende a disminuir a medida que las personas envejecen, el nivel socioeconómico puede incidir en el desarrollo de este proceso: en los estratos más bajos la corteza es más propensa a reducir dramáticamente su espesor en etapas tempranas de la niñez, para luego estabilizarse en la adolescencia. En cambio, en los segmentos más altos tiende a declinar de manera más gradual. “La ventaja socioeconómica puede, en algunos casos, amortiguar un factor de riesgo neurobiológico para el bajo rendimiento”, indica la investigadora.

Noble ahonda en este punto en su artículo de Scientific American: “Este hallazgo es consistente con el trabajo de otros laboratorios que sugieren que en algunos casos la adversidad puede acelerar la maduración del cerebro, causando, en esencia, que un cerebro infantil se vuelva ‘más adulto’ de manera más veloz. La rápida reducción del grosor cortical sugiere que el cerebro de muchos niños pobres podría carecer de ‘plasticidad’, una habilidad para cambiar su estructura y acomodar el aprendizaje esencial que se da en la infancia y la adolescencia”.

A pesar de las modificaciones que genera la desigualdad, la científica agrega a Tendencias que los estudios no sugieren que “sean inmutables o permanentes: “Por el contrario, la neurociencia nos enseña que el cerebro es bastante maleable en cuanto a sus experiencias”. Y es ese factor el que motiva su estudio más nuevo y ambicioso: determinar si una técnica tan simple como la entrega de un subsidio en dinero a las familias de menos recursos tiene algún efecto en el desarrollo cerebral de los niños. Con ese fin, ella y otros investigadores, como Greg Duncan –economista de la U. de California en Irvine-, Katherine Magnuson, experta en políticas sociales de la U. de Wisconsin-Madison, y Hirokazu Yoshikawa –sicólogo de la U. de Nueva York- están desarrollando un proyecto a nivel nacional que incluirá a mil familias estadounidenses de bajos ingresos.

Ellas estarán divididas en dos grupos: uno que recibirá un pago en dinero de 333 dólares mensuales y otro que obtendrá 20 dólares. Tal como Noble menciona en su columna de The Washington Post, investigaciones anteriores muestran que un aumento de cuatro mil dólares en el ingreso familiar durante los primeros años de la vida de un niño se asocia con perspectivas mucho mejores de sueldo, empleo y salud física cuando ellos se vuelven adultos. Basados en esos resultados, Noble y sus colegas creen que ese dinero extra incide en mejorar significativamente el desarrollo cerebral. Si el equipo de Columbia corrobora esa relación, las implicancias sociales y públicas serían de gran alcance: elevar el ingreso de los padres o tutores fuera de los rangos de la pobreza quizás baste para lograr que sus hijos se acerquen mucho más a los estándares cognitivos.

-¿Cómo ha funcionado ese estudio?
-¡Genial! Hemos reunido aproximadamente al 75% de las madres que participarán. Se reclutará a mil de ellas al momento del nacimiento de sus hijos en cuatro ciudades de Estados Unidos. Las madres recibirán un regalo mensual incondicional en efectivo durante los primeros 40 meses de la vida de esos niños. El reclutamiento comenzó en mayo de 2018 y los datos se recopilan justo después del nacimiento y cuando el niño alcanza los 12, 24 y 36 meses de edad.

-¿Diría que la relación entre pobreza y desarrollo cerebral deficiente es de causalidad?
-Eso es exactamente lo que el estudio de “Primeros años del bebé” está tratando de responder.
La neurocientífica señala que la evidencia muestra que la inequidad se asocia con diferencias similares en el desarrollo cognitivo de los niños, incluso en distintos entornos. Sin embargo, admite que la “profundidad de la pobreza varía mucho” entre países como Estados Unidos, Chile o India. Aun así, asegura que si se considera la plasticidad del cerebro, todos los cambios perjudiciales podrían ser reversibles.

-¿Cree que la neurociencia podría contribuir a reducir la desigualdad ayudando a desarrollar políticas concretas?
-¡Esa es nuestra esperanza! Esperamos que nuestro trabajo informe los debates sobre la generosidad de programas de servicio social que tienen el potencial de afectar a millones de familias con niños pequeños.

La situación en Chile

En el seminario que tuvo lugar en el CEP el lunes pasado –cuyo título era “La desigualdad desde la cuna: pobreza y desarrollo cerebral infantil”- no sólo participó Kimberly Noble. También comentaron su intervención el psiquiatra Rodrigo Aguirre y Carol Brown, subsecretaria de la Niñez del Ministerio de Desarrollo Social.

Aguirre comentó que el 30% de los niños de cero a cinco años en Chile vive en situación de pobreza multidimensional, lo que coloca al país entre los ocho con mayor nivel de este índice entre los miembros de la OCDE. Por ejemplo, en una comuna como La Pintana, la más pobre de Santiago, existe más de un 40% de pobreza infantil. Las cifras mencionadas por el especialista se suman a otras, como las entregadas en 2016 por el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA): en Chile, los alumnos de segmentos más humildes tienen seis veces más probabilidades de tener un bajo rendimiento escolar.

Para combatir esta situación, Aguirre mencionó dos proyectos en el área de neuroprotección infantil: el programa “Conversemos mamá”, una intervención de estimulación temprana del lenguaje y prevención del estrés prenatal, estructurada en talleres con grupos de madres embarazadas y madres de lactantes. Además, está el programa “Soy más”, que trabaja con embarazadas adolescentes de sectores vulnerables con una estrategia triple: la progresión educacional de las madres, la mejoría del ingreso y la estabilidad parental. Según el psiquiatra, esto se hace porque la economía y la neurociencia aconsejan intervenir lo más temprano posible, de hecho, en el período prenatal.

Por su parte, Carol Brown destacó los programas de acompañamiento como “Chile crece contigo”, que considera desde la gestación hasta los 10 años y que se espera aumentar a los 18 años. Lo mismo ocurre con el programa piloto de las “Oficinas locales de niñez”, que pretenden mitigar factores de riesgo y potenciar elementos protectores de los niños, lo mismo que la plataforma “Ruta de acompañamiento a la parentalidad positiva y crianza respetuosa”, que apunta a construir estándares que permitan avanzar en este tema.



Cita:https://www.latercera.com/tendencias/not...il/611770/
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