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Creador del tema: NatSEduardo Sacheri: «Somos tan ingenuos que seguimos viendo el fútbol como un juego»
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Eduardo Sacheri: «Somos tan ingenuos que seguimos viendo el fútbol como un juego»

Publicado por Juan Vilá

Fotografía: Lupe de la Vallina

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Dos hitos marcan la carrera de Eduardo Sacheri como escritor: los cuentos de fútbol con los que se dio a conocer en Argentina y El secreto de sus ojos. Suya era la novela en la que se basó la película y también el guion que escribió junto al director Juan José Campanella. Ese éxito y el Óscar que consiguió la cinta reconoce que cambiaron su vida. Hablamos con él de algunos de sus grandes temas y obsesiones: la épica del tipo corriente que se enfrenta a situaciones que le superan, el afán de justicia, la amistad, Argentina y, por supuesto, el fútbol.

¿Tienes amigos escritores, te relacionas con el mundillo literario?

Me relaciono con algunos escritores. Mi llegada al mundo literario fue bastante tardía. Yo soy licenciado en Historia e inicié una carrera académica, al mismo tiempo que mi labor docente en la universidad e institutos. Empecé a publicar casi por la ventana, en el sentido de que escribí relatos que se difundían por la radio, empecé a publicar desde ahí, no tuve una participación en comunidades literarias ni en el taller de un autor conocido… Hoy te diría que hay algunos escritores argentinos a quienes aprecio mucho como Claudia Piñeiro, Guillermo Martínez, Pablo de Santis, Sergio Olguín… Gente de mi generación con quien me encanta encontrarme, pero a quienes he conocido por vernos en una feria del libro y quedarnos luego.

¿Hay afinidades con ellos?

Sí, yo creo que hay afinidades personales y hasta afinidades en algunas maneras de entender la literatura. Eso nos aproxima.

Si tuvieras que escribir una historia ambientada en el mundillo literario, ¿cómo sería?

Me costaría porque no me siento parte. En general, me gusta seguir ese viejo consejo de Hemingway de escribe de aquello que conozcas, y realmente no lo conozco, no lo critico, pero no es un lugar que sienta propio…

Vamos a hablar entonces de La noche de la Usina: un grupo de hombres a los que han estafado quiere vengarse y robar lo que les han robado a ellos… ¿Hay épica en la precariedad?

Yo creo que sí, hay épica siempre que estás dispuesto a hacer algo difícil, algo para lo que no estás preparado, algo que sientes que necesitas hacer… Es más, yo creo que en la precariedad es donde más épica hay. Cuando yo pienso, por ejemplo, en esos filmes de robos de Hollywood, donde son todos una comunidad de expertos, una suerte de selección mundial de talentos y todos combinados vienen a ser el ladrón perfecto… Ahí como mucho está la duda de si los atraparán o no, y tú sabes que no los van a atrapar, no hay épica porque no hay amenaza de fracaso. Hay más épica donde hay más posibilidades de fracaso y hasta donde el fracaso es casi una certeza. A mí me gusta la gente que hace las cosas que siente que tiene que hacer hasta cuando sabe que va a perder, que es casi siempre. Vivimos perdiendo y, sin embargo, hacemos. Ahí está la épica.

Hay una escena muy divertida en la novela: dos personajes van en un 2CV de casi cuarenta años, no pueden pasar de cincuenta kilómetros por hora, y todos les adelantan. Encima se pone a llover, el limpiaparabrisas se estropea y no ven nada. Entonces a uno de ellos se le ocurre descapotar el coche, sacar medio cuerpo fuera y guiar al otro que va conduciendo. Acaban calados, pero consiguen llegar a tiempo.

Sí, sí, sí [risas]. Además, se van burlando íntimamente de todos esos autos de kilómetro cero, que muy preocupados por el granizo se empiezan a quedar en un costado. Pero ellos siguen a cincuenta kilómetros por hora porque el Citroën no da más que eso [risas]… A mí el 2CV es un auto que me encanta, fue nuestro primer auto familiar y cada vez que los veo en Argentina me quedo enamorado. Si supiera algo de mecánica, tendría uno, pero como soy una bestia [risas]…

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Las situaciones difíciles, ¿sacan lo mejor o lo peor de nosotros? Porque en muchas de tus historias la reacción es siempre de solidaridad y de unir al grupo.

Es cierto, aquí sale lo mejor de ellos. Pero en Manzi, su antagonista, sale lo peor, y cuando digo lo peor no es solo la posibilidad de estafarles, sino algo todavía peor: la autoindulgencia de la mala persona.

Luego hablamos de esa teoría de los hijos de puta que hay en el libro y de cómo los hijos de puta siempre tienen alguna excusa…

Sí [risas], las crisis también sacan lo peor. Cuando nos vimos hace dos años hablamos de mis cuentos de fútbol y cuando yo escribo de fútbol es porque te desnuda, en lo bueno y en lo malo. Pero también en lo malo: todas esas monstruosidades que tendemos a ocultar en el juego se exhiben, y en las crisis, también. Por eso son un terreno firme para saber quién es quién.

¿Y por qué el corralito?, ¿por qué has situado esta novela en esa época?

Hace unos años escribí un libro que se llama Aráoz y la verdad, una novela que está ambientada en el mismo pueblo y algunos personajes son los mismos. Aráoz llega desde Buenos Aires queriendo averiguar algunas cosas, pero quien le recibe no le quiere contar demasiado del pasado reciente del pueblo. En esos silencios está esta historia, los personajes distraían al forastero hacia otro asunto. Yo pensaba que ahí había una historia. De hecho, La noche de la Usina sería una precuela hablando en términos modernos y cinematográficos. Ese era un motivo. También que en estos últimos años la cuestión de 2001 ha vuelto a primer plano por el final del kirchnerismo y esta suerte de balance que hace el kirchnerismo, y que viene a decir «los hemos sacado de aquel infierno», mientras los antikirchneristas dicen «salimos de aquel infierno no necesariamente gracias a ustedes y ustedes han provocado otro infierno». El año 2001 sigue muy presente en el imaginario político de la Argentina.

Pero ¿2001 se ve como algo muy lejano o como algo que podría volver a pasar en cualquier momento?

Depende de con quien hables. Los kirchneristas te dirán «Macri te va a volver a llevar a ese infierno». Pero los macristas te dirán «si no salíamos del kirchnerismo, íbamos a terminar en el mismo infierno». En Argentina se toman estas posiciones muy extremas. Pero fíjate como ambos jugaban con que en las elecciones de 2015 se decidía la salvación o el retorno. ¿El retorno a dónde? A esa crisis, a ese 2001. Es como nuestro infierno de referencia.

Entonces, ¿ya no hay esa conciencia colectiva de «el país se va a la mierda» con la que empieza La noche de la Usina?

No, no la hay, hay en todo caso temores de que el ajuste sea muy pronunciado y la recesión económica se profundice, pero en ningún modo, y ahí sí debo decirte mi opinión: creo que todavía estamos lejos de una situación como la de 2000 o 2001.

¿Hubo muchas historias como la que tú cuentas de gente que aprovechó el corralito para forrarse?

No, no hubo mucha gente, pero lo que pasó es que el pánico bancario lo provocaron los que sacaron sus dólares y esos sí se salvaron, los que mantenían los billetes… Porque la cuestión fue corralito y devaluación. Lo más brillante para la mirada extranjera es el corralito, el que no puedas sacar tu dinero del banco, pero lo peor fue lo que pasó luego: la devaluación. El dólar triplicó, casi cuadriplicó su valor. Todos los dólares que estaban ingresados en el sistema se convirtieron a pesos y disminuyó su capacidad de compra, no solo no se podía sacar el dinero, sino que valía la tercera parte. El que sí lo sacó pudo comprar casas y autos a valores irrisorios, porque en una economía deprimida el que tiene efectivo es el rey. ¿Fue algo masivo? No, pero sin duda hubo gente que se benefició.

Un personaje dice que está escribiendo un tratado sobre hijoputez, y debate con otro sobre si los hijos de puta son conscientes de que son unos hijos de puta o siempre tienen una excusa que les justifica de cara a sí mismos.

Yo no he acometido todavía la tarea de escribir un tratado sobre la hijoputez [risas], pero tiendo a pensar que en general el hijo de puta no se cree hijo de puta. El hijo de puta que se reconoce como tal tiene un rasgo de dignidad meritoria.

Cierta grandeza.

Sí, hay una grandeza en decir «Soy un hijo de puta, ¿y qué?». Mientras que el hijo de puta medio, el que yo suelo conocer, es el que dice yo soy más rápido, he sido más sagaz que tú, he visto las señales del mercado, no tengo la culpa de nada y no le debo nada a nadie. Para mí el hijo de puta de oro sobre todo es egoísta, y es inimputable, le da igual todo.

Según ese planteamiento, igual todos somos un poco hijos de puta o tenemos momentos muy hijos de puta, pero nos ponemos excusas para no reconocerlo.

Es probable, pero yo creo que las buenas personas se detienen a mirarse, de vez en cuando al menos. No creo que vivamos rodeados de santos, pero lo que diferencia a la buena gente de los hijos de puta es ese momento de reflexión, y en todo caso el enmendar algunas cosas.

¿La literatura sirve para hacer justicia? En tus historias siempre está muy presente cierto afán de justicia.

De justicia o de reparación. ¿Para qué escribimos?, ¿para qué pintamos?, ¿para qué hacemos música? Creo que el arte en general, aunque suene ampuloso, sirve para enderezar un poco la vida. La vida tiende a ser una mierda, es trágica, es terrible, es angustiante, y los seres humanos inventamos algunas cosas no necesariamente para engañarnos, a veces para ir al fondo de eso. Uno puede ir al teatro y ver una obra absolutamente angustiante, pero al mismo tiempo hay cierta catarsis en ese ir al fondo. Hacer justicia me suena muy ambicioso, pero tal vez hay en mis libros una actitud de enderezar algo.

Ese afán, ¿no puede acabar resultando peligroso y funcionar más como un refugio o un consuelo que como una reparación?

Negociemos una reparación fugaz [risas], porque consuelo suena a engaño, reparación suena a victoria, digamos reparación fugaz… Hasta la próxima.

En tus obras hay también una reivindicación de la dignidad del tipo corriente, algo que no es muy frecuente en la literatura actual.

Puede ser… Inevitablemente vuelvo a esto que conversábamos al principio sobre mi condición marginal en el sentido de que no quiero condicionar lo que escribo a lo que se use, aun a riesgo de que mis colegas o muchos de mis colegas digan «este es un estúpido o un ingenuo», o «quiere vender libros y de esa manera se lo garantiza». Estoy seguro de que más de uno lo piensa. Pero bueno.

¿Te han hecho de forma explícita ese tipo de críticas?

No explícitas, pero sospechas que más de uno tal vez lo escribe en un sitio que yo no leo o lo piensa mientras me da un apretón de manos, pero no importa, porque tengo una sola vida y tampoco son tantos los libros que voy a escribir. Uno en la vida hace muchas cosas de acuerdo a lo que los demás esperan, si también los libros que escribo voy a hacerlos según lo que cierta tendencia general de la literatura establece como canon, ahí estoy perdido. No me sirve de nada.

El protagonista es un futbolista retirado, ¿por qué esta elección?

En la otra novela de la que viene era importante que fuese un futbolista retirado. Sucede que supuestamente vendió un partido clave, y ese Aráoz lo tuvo como ídolo de su niñez y necesita saber si efectivamente vendió ese partido o no. Ahí es clave, aquí no importa, aquí es simplemente un vecino que hizo un dinero. Eso era ser una gloria del fútbol en los años sesenta: volver a tu pueblo y, en lugar de ser el operario del taller mecánico, ser el dueño.

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Ese perfil hoy en día parece inimaginable: alguien que ha jugado en Primera, ha sido un ídolo y se compra una gasolinera. Ahora se compraría una cadena entera de gasolineras.

Como mínimo [risas]. Eso ha cambiado mucho. Él fue jugador en los años sesenta. En España ha debido ser parecido, a lo mejor eras un héroe de Atlético de Madrid y terminaste con un buen comercio en tu pueblo, un buen local comercial, y eso ha sido todo. Es un tamaño de la gloria que a mí me gusta más, es una escala que me queda más cómoda.

¿Sientes nostalgia respecto a ese otro fútbol? ¿Es mejor o peor el fútbol actual?

Yo creo que este fútbol hiperprofesional es distinto… De todas maneras, el fútbol es algo muy grande, es como un enorme iceberg, y este fútbol superprofesional y mediático está en la superficie. Mañana el mundo se va a paralizar para ver la final de la Champions, pero el domingo va a haber un montón de tíos que van a salir a jugar al fútbol con una barriga de este tamaño o con cinco años y los van a llevar sus padres. Para mí eso es mucho más grande que la final de la Champions, grande en el sentido de duradero, persistente y cargado de significado. Aquello está y antes no estaba. Es como el témpano que ha crecido un poco hacia arriba, pero lo que lo sostiene es lo otro, porque, en el fondo, cuando yo mañana mire la final de la Champions voy a mirar algo de lo que formo parte. Si miro al aterrizaje en la Luna, no. Eso es lo que les da razón a ellos: nos criamos jugando al fútbol, y, si tenemos la chance, lo seguimos haciendo y lo siguen haciendo nuestros hijos. Ese es el fútbol.

¿Tú sigues jugando?

Sí.

¿Con los mismos amigos de la infancia o de tu juventud?

Han ido cambiando porque ha habido bajas numerosas por lesiones o por sobrepesos incontrolables [risas], pero sí, sigo jugando. Lo peor de estas giras es que ni los miércoles ni los sábados puedo jugar al fútbol. Yo intento mantenerme más o menos en mi peso no por coquetería, sino por no romperme las rodillas.

Empezaste escribiendo cuentos de fútbol.

Empecé a escribir cuentos y los que se notaron fueron los de fútbol, porque se escucharon por la radio y fueron los primeros en publicarse.

Cuéntame un poco cómo empezaste a escribir.

Yo siempre había sido un lector voraz y leer me hacía bien. Durante toda la universidad casi no pude leer ficción porque estaba tapado de estudio. A los veinticinco o veintiséis coincidió que ya estaba terminando mi tesis de licenciatura, estaba más tranquilo en ese sentido, pero al mismo tiempo muy movilizado emocionalmente porque con mi mujer estábamos pensando en ser padres. Yo había perdido muy pequeño a mi padre, a los diez años, y eso era una herida todavía muy mal elaborada y muy grande por la entidad emocional de mi padre, era un gran padre, un breve pero gran padre, y eso me resultó muy movilizante y muy angustiante. Me costaba mucho dormir y empecé a levantarme a escribir cuentos para no tener la noche en blanco. Después de escribir, me iba y me dormía, aunque fueran dos horas, o tres, y al día siguiente me iba a trabajar. Así fue como empezó y los cuentos no tenían otro objetivo que ese. Después empezaron a pasar cosas sorprendentes, como que a los demás les gustaron, y que en un radio importante de Buenos Aires quisieran leer los que eran de fútbol.

¿Los leyeron en la radio antes de publicarse?

Exacto, mi primer libro de cuentos, que se llama Esperándolo a Tito —con ese error coloquial de «esperándolo», que es muy habitual en mi país—, son todos cuentos de fútbol y todos se difundieron en la radio antes de ser un libro, fue una especie de red social previa a internet, eso me facilitó publicarlos.

Uno de los primeros cuentos fue el que dedicaste a Maradona.

Sí, «Me van a tener que disculpar».

Es un relato sobre cómo el fútbol suspende el juicio moral y a los futbolistas se les permite todo.

Yo lo vuelvo más personal, no por ser futbolista, sino por una cuestión de lealtad, de algo que siento que le debo a Maradona, y trato de dejar claro en ese texto que yo no le debo admiración por todo lo que diga y lo que haga. Lo que le debo es no hablar mal de él públicamente, aunque haya cosas que no me gusten nada. Lo haría igual con un antiguo jefe, un amigo o un familiar que ha hecho cosas que no me gustan, pero algo muy fuerte que sí. Para esos argentinos desventurados que salíamos de la dictadura, de la guerra de Malvinas, y apenas intentábamos construir una democracia y una autoestima que no teníamos, el Mundial 86 y el partido contra Inglaterra tuvieron un significado absolutamente desmesurado. En ese momento fue así y no creo que esté bien que yo, treinta años después, con mi serenidad actual, tome distancia de lo que necesité entonces, porque en ese momento necesité eso y Maradona me ayudó a tenerlo. Listo.

El narrador de ese cuento critica lo mismo a quienes despedazan a Maradona que a quienes le consideran Dios.

Claro, Maradona no es Dios, es un hombre al que le debo algo muy fuerte, algo muy grande y algo que no se me olvida. Punto. Ni menos ni más.

¿La figura de Maradona sigue pesando tanto en Argentina como antes?

Ahora está más en las revistas del corazón y en los programas de debate donde hay seis o siete hablando de la nada misma. Ahí aparece por sus hijas y sus hijos, y sus mujeres. Luego del Mundial de Sudáfrica, en el que fue el director técnico de la selección, su lugar en el fútbol argentino no volvió a tener importancia, pero si tú pones Maradona en el titular de un diario, lo va a leer todo el mundo, o si sale en la tele, todo el mundo se va a quedar mirando. Eso no cambia y no puede caminar por la calle sin que tenga a cien personas encima. Eso sigue así.

Es algo que no ha conseguido Messi, ese Mundial del 86, ese momento único e irrepetible.

Exacto, no lo ha conseguido todavía.

¿Pero hay posibilidades de que algo así vuelva a ocurrir?

Por suerte no necesitamos esa épica desmesurada, pero para que Messi termine de conquistar el corazón de los argentinos debería ganar un Mundial. Y, cuidado, estoy aquí tratando de hacerme portavoz de la mirada argentina, no de la mía. Yo a Messi no lo puedo creer, cada vez que lo veo lo agradezco, y esta es mi cara cuando lo veo jugar [abre mucho la boca y los ojos], no puede ser este pibe… Pero creo que mis compatriotas, si no gana un Mundial, siempre van a decir: «Bah, ganó en el Barcelona».

Está muy lejos Barcelona.

Claro, la carrera de Leo se hizo toda fuera, a diferencia de Maradona, que tuvo aunque sea unas apariciones iniciales y su retorno, muy herido, pero lo tuvo. A Leo nosotros lo vemos por televisión.

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Has hecho varias referencias a tu lugar marginal dentro de la literatura, ¿crees que tiene que ver con el hecho de haberte dado a conocer por tus cuentos de fútbol?

Creo que tiene que ver con varias cosas. En parte por el fútbol. En parte también porque tal vez tenga un modo de escribir bastante clásico que se aleja de lo experimental y la vanguardia… Este modo clásico creo que me hace menos apetecible para la curiosidad académica. Tampoco tomo distancia emocional respecto a mis personajes o mis historias. Creo que ese es otro motivo de suspicacia. No está bien ni mal. No me quejo. Yo escribo lo que necesito.

Esa forma que llamas clásica tiene mucho que ver con lo que cuentas y con tus historias.

Es inevitable, casi una fatalidad, creo que estaría mal de mi parte quejarme porque la academia no me considera. En estos años y estas décadas los intereses académicos van hacia otra literatura, otras inquietudes, una mirada determinada del ser humano, y está bien. Pero, cuidado, yo lo digo porque puedo tomar esta distancia desde la comodidad que me da tener otras legitimidades, como que hay mucha gente que lee mis libros, que me hayan dado un premio y que una película mía haya ganado un Óscar… Puedo tomarme esa libertad porque tengo refugios. Solo me preocupa el chico o la chica que empieza y siente que debe escribir de un solo modo porque de lo contrario va a ser sancionado y marginado. Los de mi generación que hemos llegado casi a los cincuenta y podemos seguir escribiendo es porque algún camino hemos encontrado y algún techo donde ampararnos hemos obtenido, techo me refiero a literariamente hablando: gente que se interese en publicarnos y gente que se interese en leernos.

En Argentina, antes de que tú escribieras cuentos de fútbol había referentes como Osvaldo Soriano o Fontanarrosa.

Ellos dos abrieron un camino. Primero Soriano, digo primero porque murió antes. Fontanarrosa murió una década larga después. Pero fíjate que Soriano venía del periodismo y Fontanarrosa del humor gráfico, del riñón de lo literario, y pudieron escribir sobre fútbol porque tenían ese otro background propio que se lo permitía, y ambos fueron absolutamente ninguneados e ignorados por los círculos académicos. Creo que Soriano lo sufrió. Si uno lee viejas entrevistas, a él le dolió. A Fontanarrosa creo que no le interesó [risas]. Pero hoy en día hay una menor desconfianza por introducir temas populares en el ámbito de lo literario. Creo que en eso hemos avanzado. Aunque en cuanto a la forma discursiva, lo sencillo sigue despertando sospechas.

En lo que respecta al fútbol, ¿no crees que ahora se ha dado la vuelta a las cosas y hay cierta moda de introducirlo en la literatura?

En Argentina, en la década del 2000, hubo una eclosión furibunda de ficción futbolera y cuentos de fútbol. Creo que ese programa de radio donde se leían mis cuentos tuvo mucho que ver, pero me da la impresión de que ya pasó esa oleada. Fue protagonizada sobre todo por periodistas deportivos que se animaron a la ficción y publicaron un libro de relatos, dos libros, y luego regresaron a sus ámbitos de crónica y de ensayo. Hoy te diría que hay mucha más biografía de personaje futbolero: una biografía nueva de Maradona, una de Bilardo… Pero te hablo de mi país exclusivamente porque no puedo hacer una mirada de conjunto.

Has escrito también de los aspectos más oscuros del fútbol, como los chanchullos, la corrupción o toda esa legión de chavales que se quedan tirados en la cuneta para que solo uno de ellos llegue a Primera. ¿Qué te parece lo más negativo de todo?

Volviendo a esta imagen del iceberg, creo que somos tan ingenuos que seguimos viendo el fútbol como un juego y aplicamos al fútbol superprofesional las categorías intelectuales y emotivas que llevamos desde el fútbol amateur. Nos gusta tanto y nos entusiasma tanto que somos muy exculpatorios del fútbol, suspendemos nuestro criterio de realidad mientras lo miramos, y no solo lo suspendemos, nos enoja que se pueda hablar de corrupción, de negociados, de evasiones tributarias… Porque lo que queremos es que se juegue. Pero, claro, es un negocio gigantesco con millones y millones y millones. Eso es una carta blanca para la piratería: vayan, corsarios, y conquisten el mundo. Es muy impopular el control sobre el fútbol. Fíjate que la FIFA y Blatter resultaron ser corruptos. Y nadie lo sabía [risas]. De repente, una fiscal de Nueva York a la que no le interesa el fútbol fue la que empezó. Es una gran ficción sostenida en nuestra ingenuidad. Eso creo que es lo más peligroso y pasa en todos los sitios. A lo mejor tú sabes que tu club es un nido de ratas y son todos corruptos y están vaciando la institución, pero vas el sábado o el domingo al estadio con una ilusión… Y, a lo mejor, termina el partido, has perdido y entonces vuelves a situarte, te preguntas por qué nos pasa esto y te dices que es un nido de ratas. Ahora, si hubieras ganado tres a cero y luciéndote, ¿cómo te vas del estadio? Maravilloso.

Escribiste un relato, «Motorola», sobre la imposibilidad de desengancharse del fútbol.

Sí, como un adicto, porque el fútbol es una suerte de adicción, opera igual: en la necesidad, la arbitrariedad y el suspender todo lo otro, no es que lo otro disminuya su importancia, es que desaparece.

Los futbolistas son una de las principales exportaciones de Argentina.

Son la soja, el trigo, la carne y los futbolistas [risas]. En ese orden por un problema demográfico: no podemos producir más [risas]. Lo que sucede es que cada vez se van más jóvenes y que el campeonato argentino se priva muy rápidamente de los grandes jugadores. Podrías hacer una o dos ligas con los argentinos que andan por el mundo.

¿Macri hubiera llegado a presidente si no hubiese presidido antes el Boca Juniors?

Hubiera necesitado una gran plataforma de conocimiento público. Ignoro si hubiera sido capaz de encontrar otra. Para mí es indudable que haber presidido Boca, y haber hecho una presidencia muy exitosa, es lo que le permitió luego catapultarse al mundo de la política. Y remarco lo de exitoso, porque si hubiera sido presidente del Boca y gana solo un torneo en seis o siete años, se va como vino.

¿Los hinchas de los otros equipos le perdonaron su presidencia del Boca a la hora de votar?

El perfil de Macri, mientras fue presidente de Boca, no tuvo una cosa agresiva o pendenciera o burlona… El registro que quedó fue respetuoso porque el tipo tuvo una imagen respetuosa, no se vio envuelto en escándalos futbolísticos que hayan trascendido. Desconozco si los tuvo o no, pero hubo otras administraciones de clubes que terminaron en medio de incendios escandalosos. No fue el caso de Macri. En ese sentido, muchos hinchas de River o Independiente seguro que lo han votado sin demasiado problema.

¿Es muy distinto ver un partido en España y en Argentina?

En España hay un nivel de respeto en la grada que me genera mucha envidia. De hecho, solo pude ver un partido: un Rayo Vallecano-Real Madrid. Saqué mi ticket, fui al estadio un domingo a la noche y por un problema eléctrico el partido se suspendió. Eso hizo que miles de personas estuvieran en Vallecas rodeando el estadio durante más de una hora, viendo qué pasaba, y no pasó nada. Cuando anunciaron que se suspendía y que el partido se hacía al día siguiente, la gente se marchó. Yo volví en el metro con hinchas del Rayo, los menos, y del Madrid, y ese nivel de tolerancia en mi país se ha perdido. Y digo se ha perdido porque hace treinta años existía, pero las identidades deportivas se han exacerbado, se han vuelto algo así como nacionalidades extremadamente agresivas e intolerantes. Encima hay toda una mitología alimentada por los medios y ahora alimentada desde las redes sociales que ven en eso algo bueno.

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Otro de los grandes temas de tu literatura es la amistad, y la amistad, sobre todo, entre hombres.

Eso surge de mi manera de ver la vida, yo tengo una concepción muy trágica, tal vez venida de aquella carencia infantil que te contaba. Me parece que estamos muy solos frente a una vida muy hostil y lo único que nos queda es vincularnos con algunas personas de nuestra familia y algunos amigos. Esas son todas las armas que tenemos. Por supuesto que uno puede también presentar batalla desde la soledad, pero yo prefiero tratar de tender algunos vínculos.

¿Crees que esas amistades o esos códigos de comunicación entre hombres son muy distintos de los femeninos?

La comunicación, en general, es difícil, y hay muchos equívocos. Para comunicarnos necesitamos escucharnos mucho. Yo necesito escucharte no solo para entender bien lo que me estás diciendo, sino para entender cómo tengo que contarte lo que te quiero decir, porque si no lo hago bien, no me vas a entender. Eso como algo general. Lo que creo que tenemos los hombres en culturas como la argentina, y tal vez la española, son unos mandatos muy fuertes en cuanto a qué manifestar y qué no manifestar. Hemos tenido que dotarnos de ciertos senderos o atajos bastante tortuosos que nos permitan comunicar, como el humor, la gestualidad física… Porque hay ciertas cosas que no podemos decir, que no está bien decir. Entre mujeres se dicen «cómo te quiero» o «eres una reina». Vos a un amigo difícilmente le dirás «cómo te quiero». Lo que harás será darle un golpe en el hombro. Eso también dificulta nuestra comunicación con las mujeres. Digo esto hablando de un modelo heterosexual básico y tradicional. Todo esto por suerte también está cambiando mucho. Pero los que fuimos formados en esa estructura creo que tendemos a establecer esas otras relaciones.

¿Has visto El secreto de una obsesión, el remake que han hecho de El secreto de sus ojos con Julia Roberts y Nicole Kidman?

Sí.

¿Qué te pareció?

No me pareció una mala película, y esa es una buena noticia. Temía que fuera mucho peor porque había visto algunos remakes de películas argentinas muy mal hechos. Pero creo que hay cosas que se han perdido. Me parece, sobre todo, que hay un afán en el cine de Hollywood de cerrar, de completar, y yo creo que esa acción es mejor dejársela en parte al espectador. Te doy un ejemplo: la escena de la jaula en la versión argentina termina con el protagonista yéndose. En la versión norteamericana termina con un disparo. Esa es toda una definición de cómo deseamos hacer cine.

¿Campanella y tú participasteis en el remake?

No, no, no. Dimos los derechos.

¿Cómo cambió tu vida la adaptación al cine de El secreto de sus ojos?

Me dio una visibilidad gigantesca, totalmente desmesurada e imprevisible para mí. Yo saqué el pasaporte después de El secreto de sus ojos. Antes no había salido de la Argentina. Te lo digo como ejemplo. Ahí empecé a viajar, mis libros empezaron a viajar y me dio la chance de empezar a trabajar como guionista con frecuencia, porque después vino Futbolín, Papeles al viento y ahora estamos con Campanella iniciando una película nueva.

¿Volvéis a trabajar juntos?

Sí, está la voluntad de trabajar juntos otra vez y tenemos algo, va a ser un guion original, no inspirado en otra historia, aunque todavía es muy embrionario…

Acostumbrado al trabajo solitario del escritor, ¿te resulta fácil trabajar con otra persona?

Es un gran aprendizaje de humildad, porque la primera reacción del tipo formado como escritor de ficción es decir «esto es como digo yo, y no me vengas a joder». Pero en lugar de eso dices «negociemos, discutamos, propongamos, perdamos esto, ganemos aquello, empatemos en tal otro lado…». Eso es lo más difícil.

¿Cómo recuerdas el momento del Óscar?

Estaba en el pasillo del hotel. Nos habían puesto una pantalla gigante a toda le delegación argentina y sentía que no lo iba a tolerar cardiacamente [risas]. Hice como en el estadio: para mí era como una definición por penales y preferí cerrar los ojos y salirme. Si escucho un grito a mi espalda, es que ganamos. Si no escucho nada, me lamentaré dos minutos y haré como que no pasa nada. Ves, cosas de hombres [risas], en el peor de los sentidos: en lugar de llorar y golpear una pared, que es de lo que hubiera tenido ganas, me visto de hombre superado y voy y consuelo a las damas del lugar. Por suerte, escuché el alarido y salí corriendo detrás. Me cambió la vida.

¿Sigues dando clases?

Sigo dando clases en el instituto, dejé la universidad porque no me daban los tiempos.

¿Qué te aporta?

Sobre todo te obliga a establecer puentes afectivos con las otras personas, que es lo contrario de esa cosa ensimismada de la escritura.

Utilizas Twitter para comunicarte con tus alumnos.

Me gusta recibir lo que mis lectores tienen que contarme y a veces les contesto o les pongo un Fav como muestra de que leí lo que me han dicho. Y sí, mis alumnos están en Twitter todo el tiempo. Yo les mantengo en el anonimato, claro, pero les recuerdo que mañana tienen evaluación…

También comentas sus faltas de ortografía.

[Risas] «Apollo» en lugar de apoyo fue el último hit del año.

¿Cuántos lo pusieron?

Unos treinta de los sesenta. Me parece que Twitter es útil, reservando que no voy a hablar nunca directamente de un alumno o a señalarle, pero les llega perfecto.

¿Ellos no te responden por Twitter?

No, no, no. También podría tener un grupo de WhatsApp con ellos, pero ahí sería como invadirlos. En Twitter sé que algunos me siguen, se retuitean entre ellos y llega la información. Para mí es maravilloso. Me causa gracia lo que les enoja a mis alumnos cuando alguno de mis lectores dice en Twitter que le encantaría tenerme como profesor. Mis alumnos luego comentan que esa gente no sabe lo que dice [risas].

¿Muchos lectores te dicen eso?

Sí, sí, sí, yo no les respondo, pero pienso: no creo que quisieras conocer esa faceta [risas].

¿Eres un profesor muy duro?

Soy un tipo exigente, lo que para mí es una forma de respeto. Si te respeto, te voy a exigir. Si voy a ser indulgente es que considero que no te da la cabeza para estudiar Historia. Y sí te da la cabeza. Y si no te da, lo charlamos. Obvio…

[Imagen: Eduardo-Sacheri-para-JD-5.jpg]

Cita:https://www.jotdown.es/2020/02/eduardo-s...-un-juego/
"Be kind, for everyone you meet is fighting a battle you know nothing about"
[Imagen: giphy.gif]

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